El miedo es una cadena atada al vacío

Julia Santander y Aldo Fernández en la Escuela Ambiental del Cesar
Julia Santander y Aldo Fernández

Al fin solos, escritos, por fin logramos estar juntos nuevamente, bueno ahora que nos sorprende la quietud del ser y la calma del tráfico por ser día festivo acá en Cabimas, vamos a escribir algo, lo que sea. ¡Ah sí! Voy a escribir lo que analicé hace un rato ¿qué era? No recuerdo, algo así como…  Bueno a ver si recopilamos y volvemos a empezar, listo. Vamos, ohm… Nada, bueno listo, lo dejamos acá mejor; nada sale de mi interior ni de mis dedos. Respiro profundo… Retengo… Exhalo…

Bien, ahora más cómodo, me sereno y me concentro en la respiración. Inhalo y exhalo respetuosamente. Vuelvo al ruedo mucho más calmado. Recuerdo las primeras hojas que escribí. Los primeros días, las horas queriendo dejar de ser ellas mismas para ser una nebulosa uniforme de tiempo. Las caras de los amigos y la de los nuevos conocidos, las fotos de mi familia queriendo no borrarse de la memoria para no tener que cargarlas constantemente. Me asombro al recordar una de las frases que me instó sutilmente a recorrer mi camino “El desafío no está en escribir lo que se vive, sino en vivir lo que se escribe” Eduardo Galeano. Fue tanta la razón que encontré en ella que cuestioné enteramente mi voluntad, -¿No querés viajar?- me pregunté, -Sí- me contesté. -¿Entonces?- me terminé acorralando. -Tenés razón.- corregí el rumbo al auto responderme con tanta soltura.

Las mismas preguntas se repitieron siempre, sólo que ese día tenía otra connotación y yo otro sentimiento. Listo, salgamos a viajar, ¿Cómo entonces? No es fácil decir, me voy a viajar, y a la mañana salir y todo solucionado. No, no es así, y no creo que alguien lo logre de esa forma. Bueno, en realidad hay tanta diversidad de personas que puedo cuestionar mis palabras tranquilamente. La cuestión es que no soy de ese estilo, yo necesito en lo particular, tomar aire y analizar qué cantidad de locura poseo en ese momento. Si no es la locura que, puede ser que sea, cometo el crimen, sino me abstengo. Lo bueno fue también que cuestioné el miedo que tenía en realidad que me negaba emprender mi camino o el camino que imagine para mi vida. No creo que la gente que quiera algo y no lo consiga sea por miedo, sino por decisión propia. Ahora, que esta decisión, esté influenciada por el miedo, puede ser así. Pero no es el miedo que nos frena, sino lo que decidimos. En la mayoría de los casos es “no caminar” porque freno tiene los vehículos, las bicicletas, algunas máquinas, no nosotros. El miedo está para probar que tan valiente somos. Si no superamos un enemigo tan insignificante, no somos dignos de ningún emprendimiento. Digo insignificante no porque me crea un súper hombre, sino porque en realidad lo es. Sólo que, nos damos cuenta, a veces, demasiado tarde. Superarlo no significa dejar de tenerlo, sino malparirlo. ¿Qué quiero decir con esto? lo siguiente.

“Vos estas ahí miedo, y me importa muchísimo que ahí te quedes. Necesito no perderte de vista, necesito saber hacia dónde te movés, verte intentando jugar conmigo porque eso es lo que haces, ya no me engañás más. Sé que nunca me vas a querer soltar, por eso, no quiero perderte el rastro. Si te alejas demasiado me podés aparecer de repente y vas a bloquear mi camino y no quiero que eso suceda. Miedo, bienvenido a mi mundo y a mi viaje. Vas a comer lo que haya, vivir lo que yo vivo, peligros, turbulencias y demás actos pueden ocurrir, pero quédate tranquilo, también van a suceder cosas muy buenas. Vamos, no te lo pierdas, no quiero que te lo pierdas.”

Muy amablemente lo invitamos a ser parte de nuestro nuevo trayecto. Podremos ver que el orgullo y la testarudez lo harán subirse a nuestra vuelta de rosca, aunque prefiera quedarse donde está, recuerden que al miedo no le gusta viajar ni arriesgarse. Se hará el duro un tiempo deseando demostrar que él no tiene miedo. Dejamos que así sea, a sabiendas que él es el miedo, imposible que él, no sea él. Les aseguro que no aguantará demasiado, nos dejará solos un buen rato, después volverá y aparecerá, pero no por decisión suya, sino nuestra. Acostumbrados a convivir con él es difícil alejarse demasiado, se extraña lo comúnmente ordinario, no los bellos y gratos momentos que se viven en compañía, esos se recuerdan con felicidad sin ningún interés de repetirlos. Cada vez que lo intentamos no resultan igual, nublando así el recuerdo original. Lo típico, es la cadena atada al vacío, la belleza no se ata. El miedo vuelve con nosotros algunos días más. Lo interesante, sobre todo para los personajes en cuestión, o sea, uno mismo, es que convivir sin él, también se vuelve una costumbre. No hay solo un tipo de costumbre, las hay buenas y otras que no lo son tanto, esta es de las buenas. No vivir con el miedo pegado a las costillas.

En ese preciso instante y como por arte de magia, el miedo nos mirará con nostalgia. Pasaremos a ser para él, lo que pudo haber sido y no fue.

ALDO FERNÁNDEZ
El Vuelo de la Golondrina
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